Alegría del Prado, transformando la realidad con los colores

2 Marzo 2018

Alegría del Prado es un colectivo artístico, cuyas brochas han dado vida a muros en países como España, Inglaterra, Canadá y México. Está integrado por la española Esther González y el tapatío Octavio Macías, quienes llevan ocho años pintando juntos en lo que comenzó como una aventura romántica y es ahora un estilo consolidado, el cual llama poderosamente la atención de los transeúntes al momento que se encuentran con sus colosales lienzos.

“Es un colectivo artístico cuyo nombre está conformado por nuestros apellidos maternos, pero, “¿qué somos?”, se pregunta Esther. “A veces lo definimos como un arte mestizo, porque combina dos nacionalidades, dos estilos; la suma que eso conlleva”, señala. Octavio lo define como “un dúo multididacta”.

Ambos coincidieron cuando cursaban la licenciatura en Artes en el Centro de Arte, Arquitectura y Diseño de la Universidad de Guadalajara. Esther había llegado a la ciudad gracias a un intercambio académico con la Universidad de Barcelona. “Empezó un poco también como la idea de un proyecto artístico con una asignatura de pintura mural, teníamos un maestro que propuso trabajar en equipo y ahí empezó todo”, relata.

Un lenguaje universal, fácil y directo; con elementos naturales y muchas texturas; una gama de colores bien definida, y una cosmovisión surrealista, son algunos de los componentes que identifican sus trabajos en gran formato. No son muralistas debido a la diferencia en los temas y las composiciones que trataba este movimiento artístico que se desarrolló en el siglo XX, según lo explica Octavio: “aunque el muralismo ha sido pieza fundamental para enfocar algo; la necesidad de pintar sobre las paredes (…) nosotros hemos hecho algo diferente. Siento que no es “street art” ni muralismo; es pintura sobre el muro, pintura a gran formato, abarcamos muchos temas”.

Toda obra nace en una idea que plasman en el cuaderno de bocetos. Después, cuando han comprobado que el boceto es adecuado para el lugar y el formato de la pared, trazan. “Nosotros trazamos a pulso, no hacemos cuadrícula ni proyectamos; se hace directamente a mano (…) se preparan los colores que necesitaremos y se va fondeando, desde lo más bajo hasta lo más alto”, expone Octavio. Finalizar un mural les lleva un lapso mínimo de tres días.

Públicamente sólo han pintado juntos, y sus creaciones los han llevado a pintar en diversas ciudades; desde enormes edificios, hasta establecimientos particulares. “La gente se puede identificar a través de nosotros de lo que hacemos”, comenta Octavio. “Somos muy empáticos con los lugares, la gente, las cosas, y eso sin querer también se ve en nuestro trabajo (…) muchas veces la calle tiene su vida: están los vecinos, los niños, te sientes involucrado porque estás dejando algo tuyo”. Con el paso del tiempo, sus técnicas individuales se han ido fusionando para dar paso a algo nuevo. Pintar un mural entre los dos es como una danza, en la que se coinciden en cierto punto y se sincronizan.

Esther considera que sus trabajos transmiten armonía: “por un momento la gente se puede detener a contemplar y sentir algo bonito, no agresivo; algo pacífico”. En todos los lugares que han trabajado, refiere, han vivido algo especial. “A veces hay culturas, gente e idiomas diferentes, eso es muy enriquecedor”. Actualmente viven entre Guadalajara en México y Burgos, la ciudad natal de Esther al norte de la península ibérica.

Para Esther y Octavio, el arte que hacen tiene que ver con el respeto, pero también con la transformación de los lugares a través de los colores. “Das una nueva visión del mundo, nuevos sentimientos y sensaciones. El arte en la calle tiene un poder para transformar las ciudades, que aún no ha sido explotado”, reflexiona Octavio. Actualmente tienen varios proyectos en puerta que tendrán que ser aplazados, pues se viene uno más importante: el nacimiento de su más grande creación, su primer hija, a la cual esperan en marzo.