El número de la suerte; Mercado Juárez

6 Mayo 2018

Por: Irlanda Tostado

Si es que todos tenemos un número de la suerte, el de Fabiola García, propietaria de la tortillería “El maíz”, podría ser el 4. La mujer de mediana edad y baja estatura, aún recuerda cuando su madre adquirió un local del Mercado Juárez para poner una menudería, la cual revivió los ánimos, curó las resacas y deleitó los paladares de cientos de personas por casi una década. La primera vez que Fabiola llegó al mercado tenía 4 años.

 Cuando el cansancio venció a la madre, Fabiola y su hermano tomaron las riendas del negocio.  De un día para otro, las mesas y sus coloridos manteles fueron sustituidos por enormes máquinas, y la antigua fonda fue tomando la forma de una tortillería: “No había nada de lo que necesitábamos. Entonces pusimos nuestro molino, las pailas, las máquinas y todo y se fue acumulando la cosa para que pudiera funcionar como tortillería”, comenta Fabiola quien pareciera preguntarse a sí misma cómo fue que dejó de servir sendos platos de menudo oloroso a orégano y chile de árbol, para vender paquetes de tortillas envueltas en papel, bolsas de totopos, kilos de masa y frijoles de la olla.

El local es amplio, como casi todos los que se ubican sobre la calle Prisciliano Sánchez. El Mercado Juárez (fundado en 1949), con sus característicos locales y su rostro enmarcado por las formas ortogonales de su arquitectura funcionalista, corrió con la fortuna de ser uno de los pocos mercados que se han conservado prácticamente intactos desde su fundación. Su losa de concreto que cubre a los transeúntes del sol y su puerta de ingreso cuya curvatura pareciera abrazar a los visitantes del mercado,  han permanecido parados en el tiempo como muchos de sus locatarios, algunos de los cuales han estado al frente de sus negocios por más de cuarenta años.

Sólo con las remodelaciones que se llevaron a cabo en los alrededores del mercado en el 2009 se vio modificada una amplia banqueta de adoquines, la cual le ganó terreno al arroyo vehicular. Ahora, los clientes caminan por ella para dirigirse a la tortillería de Fabiola. A eso de las siete de la mañana, cuando los rayos del sol empiezan a emerger, aparece la primera silueta, dando inicio a una danza de clientes que no parará sino hasta las tres de la tarde, cuando el último cliente atraviese la tranquila plazoleta con la esperanza de encontrar el local abierto.

Aunque los clientes no empiecen a llegar sino hasta las siete de la mañana, Fabiola comienza su día a las 4, número que sigue marcando su historia de vida: “Yo llego aquí, me pongo a hacer mi masa, en mi molino… ahí está ya mi maíz. Me pongo a hacer masa, porque los muchachos llegan aquí como a las seis de la mañana, entonces tengo que tener todo preparado para cuando ellos lleguen”. Y es que cada tortilla que se produce en la tortillería “El Maíz” es producto del trabajo de 4 personas: ella, sus dos hijas y un ayudante, quienes trabajan con la precisión de un engranaje para que, al llegar el primer cliente, las tortillas estén dispuestas sobre el mostrador: “Todos trabajamos de común acuerdo, cada uno hace una cosa y nos organizamos. Una a empaquetar, otra en la tortilla, otros allá en el molino y los chavos que tengo que son los que reparten”.

Pese al cansancio, Fabiola siempre ofrece un gesto de amabilidad para sus clientes: “¿Qué te doy hija?”. Algunos corresponderán con una sonrisa: “Dos por favor”, y otros más llegarán malhumorados por la rutina y la vorágine citadina: “Unas llegan medio déspotas, así como que… medio cucarachas. Y, ay, que no, que esto y que lo otro y ya mejor les doy las cosas”. Pero hay personas que más que clientes son compañeros de vida, pues al igual que Fabiola han crecido en este barrio desde pequeños: “Hay algunos de los que no sé su nombre” confiesa en un arranque de sinceridad, pero sus rostros le son tan familiares que le resulta difícil imaginar el barrio sin su presencia.

Sus manos pequeñas y morenas muestran los estragos del arduo trabajo que implica mezclar el maíz con el agua y la cal. Su piel morena se desvanece ante la blancura de sus palmas, en las que pareciera haberse impregnado ese color entre blanco y amarilloso que distingue a la masa: “A mí me encanta agarrar la tortilla y escuchar a las personas”, comenta la mujer mientras echa un vistazo a su local que luce limpio y ordenado, con cada cosa en su lugar.

“A mí me gusta hacer mi trabajo y lo hago bien, lo que menos me gusta es levantarme temprano, de ahí en más pues, es un trabajo muy pesado, pero ya me acostumbré. Ve la hora que es y todavía estoy aquí”. Y es que más que un segundo hogar es la extensión de su casa, una parte del escenario donde trascurre su vida envuelta en el calor de las maquinas, el olor a nixtamal molido y el vaivén de personas que transitan por la plazoleta.

“El maíz” más que el nombre de un local, parece ser un homenaje al que ha sido su principal fuente de sustento y motivo de satisfacción personal. Porque Fabiola, como muchos de los locatarios de este histórico mercado, ha luchado contra la competencia, la inflación y las transformaciones urbanas para mantener sus negocios a flote. Pese a lo anterior, no sabe cuál será el destino de su negocio, pues sus hijos, aunque han pasado buena parte de su vida en este lugar, han elegido otros caminos: “Sí me gustaría que siguiera porque éste es uno de los negocios que del día a día te van dando, pero ninguna de mis hijas quiere, todas están en otro rollo, nadie quiere, entonces pues no sé, a lo mejor lo voy a vender a otra apersona que le interese este tipo de negocio, pero la verdad no sé, yo hasta que Dios me dé”.

Fabiola baja su cortina gris a las 4 de la tarde y con ello termina una historia, pero otra comienza, la de la mujer que llega a casa para dar de comer a sus hijos, la de la madre que dará un nuevo significado al acto de servir las tortillas calientes, la de la propietaria de un negocio que tendrá que ir a dormir temprano porque deberá iniciar un nuevo día laboral cuando el reloj marque su número de la suerte.